19Ki tatsúr el ir yamím rabím lehilajém aléha letofsá lo tashjít et etsá lindoáj aláv gárzen ki miménu tojél ve'otó lo tijrót ki ha'adám ets hasadé lavó mipanéja bamatsór
9Ve'atá teva'ér hadám hanakí mikirbejá ki ta'asé hayashár be'einéi Adonai
Un llamado de paz, un límite al poder y responsabilidad por la sangre derramada
La aliá se abre con las leyes de la guerra. Cuando Israel se acerca a una ciudad para pelear contra ella, el primer paso no es el asedio sino un llamado de paz. Si la ciudad acepta la paz y abre sus puertas, su gente queda como tributaria y sirve a Israel. Si no hace las paces y sale a la guerra, la Torá describe el asedio y las leyes de la conquista. Enseguida la Torá distingue de manera explícita entre las ciudades lejanas y las ciudades de los pueblos dentro de la tierra heredada, para las cuales se fija otra ley, y la razón que se da es evitar que Israel aprenda las abominaciones que ellos practicaban en el culto a sus dioses.
Incluso durante el asedio la Torá pone un límite al poder. Cuando el asedio se prolonga muchos días, está prohibido destruir un árbol frutal para usar su madera en las obras del cerco, porque de él se come. Solo un árbol que se sabe que no es frutal puede talarse para construir el asedio. La guerra no es permiso para una destrucción indiscriminada.
Desde aquí la aliá pasa a un caso completamente distinto: se encuentra una persona muerta en el campo y no se sabe quién la golpeó. No hay asesino conocido ni testimonio que permita llevar a alguien a juicio, y sin embargo la Torá no deja que el caso desaparezca como un hecho del que nadie es responsable. Los ancianos y los jueces salen y miden hacia las ciudades alrededor del muerto, y la ciudad más cercana se vuelve el centro del proceso.
Los ancianos de esa ciudad toman una becerra que no fue trabajada ni tiró del yugo, la bajan a un arroyo firme que no se labra ni se siembra, y allí le desnucan. Los sacerdotes, hijos de Leví, se acercan, y los ancianos de la ciudad lavan sus manos sobre la becerra. Declaran que no derramaron esta sangre y que no vieron el hecho, y piden expiación por el pueblo de Israel. La aliá termina con la exigencia de quitar la sangre inocente de en medio del pueblo y hacer lo recto a los ojos de Adonai.
Reflexiones de la aliá
La guerra también tiene límites
La aliá no presenta la guerra como un estado en el que todo está permitido. Antes del asedio hay un llamado de paz, y dentro del asedio mismo hay una prohibición de destruir árboles frutales. Justamente donde se aplica un gran poder, la Torá agrega marcos que lo limitan.
No todo enemigo recibe la misma ley
El texto mismo distingue entre ciudades lejanas y las ciudades de los pueblos dadas en heredad. Este es un punto importante de lectura precisa: no se puede tomar una ley dicha en un marco y trasladarla automáticamente a toda situación de guerra.
Un árbol frutal no es parte del enemigo
El versículo sobre el árbol del campo se lee a veces como si dijera que la persona es como un árbol. En el contexto inmediato se puede proponer otra lectura, y esto es interpretación: el árbol del que comes no es un enemigo que justifique la destrucción. Aun dentro de un conflicto hay que saber separar entre quien pelea contra ti y los recursos que sostienen la vida.
Cuando no se sabe quién es culpable, la responsabilidad pública no desaparece
En el caso del muerto no hay asesino conocido, y aun así los ancianos y los jueces salen, miden y actúan. La Torá enseña que la incapacidad de identificar al culpable no es razón para ignorar una pérdida de vida.
La ciudad más cercana no puede decir que no es asunto suyo
La medición conecta el hecho con la comunidad más cercana. Aun cuando no se probó que uno de sus habitantes hizo el acto, el liderazgo de la ciudad debe pararse frente a la sangre derramada y ser parte del proceso de expiación.
El liderazgo se mide también por lo que ocurrió sin que lo viera
Los ancianos de la ciudad dicen que sus ojos no vieron. Y aun así están ahí, junto a la becerra, dentro del rito. La idea que surge del pasaje es que el liderazgo no termina solo donde se puede señalar un acto directo suyo. Hay responsabilidad también por lo que sucede dentro del espacio que le fue confiado.
La aliá empieza con la guerra y termina con la vida de una sola persona
Al principio trata de ciudades, ejércitos y asedio. Al final la Torá se detiene sobre una persona hallada muerta en el campo. Ese salto marcado enseña que aun dentro de grandes cuestiones nacionales, la sangre de un individuo no es un detalle que la historia grande se traga.
Más Preguntas sobre la Parashá
Pronto habrá más preguntas sobre esta parashá. Mientras tanto, explora nuestro estudio diario de Torá.