Parashat Koraj - Tercera Aliá
Lee el texto bíblico e intenta comprenderlo por ti mismo, antes de leer el comentario.
En los momentos de hervor se revela la diferencia entre quien es guiado por un sentimiento de venganza y quien es guiado por una misión. La tercera aliá de Parashat Koraj es el clímax del relato: el momento de la revelación, de la separación y de una verdad que no se puede discutir.
El Santo, bendito sea, dice a Moisés y Aarón: “Hibadlú mitój ha’edá hazót, va’ajalé otám kerága” (Apártense de esta congregación, y los consumiré en un instante, versículo 21). Su respuesta es un prodigio de compasión. Caen sobre sus rostros y claman: “Ha’ísh ejád yejetá ve’al kol ha’edá tiktsóf” (Un solo hombre peca, ¿y contra toda la congregación te enfureces?, versículo 22). Rashí sobre “Elohéi harujót” (Dios de los espíritus) explica: “Conoce los pensamientos; Tu medida no es como la medida de carne y sangre.” Quien conoce los pensamientos sabe distinguir al individuo del conjunto. No juzguen al público por el pecado de uno.
La instrucción cambia: “He’alú misavív lemishkán Koráj, Datán va’Avirám” (Apártense de en derredor del tabernáculo de Koraj, Datán y Avirám, versículo 24). Moisés se levanta y va hacia ellos él mismo, y los ancianos de Israel lo siguen. Pero Datán y Avirám permanecen obstinados, “nitsavím pétaj oholeihém, uneshiehém uvneihém vetapám” (de pie a la entrada de sus tiendas, con sus mujeres, sus hijos y sus pequeños, versículo 27). Incluso cuando el juicio se acerca, no se mueven.
Entonces llega la declaración cortante de Moisés: “Ve’ím beriá yivrá Adonai, ufatstá ha’adamá et piá” (Y si Adonai crea una creación nueva, y la tierra abre su boca, versículo 30). Y antes de que las palabras se sequen en el aire: “Vatibaká ha’adamá ashér tajteihém… vatiftáj ha’árets et piá” (Se abrió la tierra debajo de ellos… y la tierra abrió su boca, versículos 31-32). Moisés propuso una prueba clara, y la tierra respondió en un instante.
E inmediatamente después, un fuego sale de delante de Adonai y consume a los oferentes del incienso: “Vatojál et hajamishím umatáyim ish” (Consumió a los doscientos cincuenta hombres, versículo 35). Incluso los que se sumaron, que intentaron tocar la santidad sin una misión verdadera, fueron juzgados junto con ellos.
Pero la Torá no deja al fuego como final. Ordena a Elazar aplanar los incensarios de cobre como “tsipúi lamizbéaj” (recubrimiento para el altar, 17:3). Rashí sobre “veyihyú le’ót” (y serán por señal) explica: “Para recordación, para que digan: estos eran de aquellos que disputaron por el sacerdocio y fueron quemados.” Los incensarios se vuelven un testimonio inolvidable sobre el altar mismo.
Y una última palabra, quizá la más importante. A pesar de todas las señales y prodigios, al día siguiente todo el pueblo vuelve a quejarse: “Atém hamitém et am Adonai” (Ustedes han matado al pueblo de Adonai, 17:6). La tierra se abre, el fuego desciende, y aún hay quien cuenta la historia al revés. Una disputa cuyo centro es emocional y no de principio no se resuelve con un prodigio, ni siquiera cuando el prodigio sobrecoge. Se resuelve solo cuando el corazón consiente en ver.