La aliá se abre con una advertencia clara antes de la entrada a la tierra: siete pueblos, “rabím va’atsumím miméka” (numerosos y más fuertes que tú, Deuteronomio 7:1), habitan la tierra, pero Dios los entregará delante de Israel. La orden es inequívoca: “hajarém tajarím otám lo tijrót lahém brit veló tejaném” (los destruirás por completo, no harás pacto con ellos ni les tendrás favor, Deuteronomio 7:2). Rashí sobre el versículo lee “veló tejaném” de dos maneras: no les concedas favor, y según otra lectura, no les concedas asentamiento en la tierra. Enseguida llega la prohibición de casarse con ellos, y el motivo aparece expreso en el texto: el hijo será apartado de Dios y servirá a otros dioses.
Enfrentar la cultura de esos pueblos exige acción y no solo abstención: derribar altares, quebrar estelas, talar árboles sagrados y quemar imágenes talladas. Así el pueblo cuida lo que lo distingue, un pueblo santo, un pueblo atesorado.
Y entonces llega el punto de giro de la aliá. La elección de Israel no proviene del tamaño ni de la fuerza, todo lo contrario: “merubjém mikól ha’amím jashák Adonai bajém vayivjár bajém ki atém ham’át mikól ha’amím” (no porque sean más numerosos que todos los pueblos los deseó Adonai y los eligió, pues ustedes son los menos numerosos de todos los pueblos, Deuteronomio 7:7). La única razón que la Torá menciona es amor y juramento: “me’ahavát Adonai etjém umishamró et hashvu’á ashér nishbá la’avoteijém” (por el amor de Adonai hacia ustedes y por guardar el juramento que hizo a sus padres, Deuteronomio 7:8), y de ahí vinieron la salida de Egipto y el rescate de la casa de servidumbre.
De aquí surge un principio importante: el vínculo entre Dios e Israel no está condicionado a los logros, pero tampoco exime de responsabilidad. Dios es “hane’emán shomér habrít vehajésed le’ohaváv” (el Dios fiel que guarda el pacto y la bondad para quienes lo aman, Deuteronomio 7:9), y frente a eso, “lo ye’ajér lesonó” (no se demora con quien lo aborrece, Deuteronomio 7:10), el juicio no se posterga. La aliá se cierra con la orden de guardar los mandamientos, los estatutos y las leyes, como base de la vida del pueblo en la tierra.
Una idea para la vida: La aliá coloca una frente a la otra un amor que no depende de nada y una responsabilidad que no se negocia. Ser elegido es un regalo, y justamente por eso exige cuidar la identidad y los límites. Quien cuida sus límites interiores no se achica, se fortalece. El límite no es un muro que encierra, es lo que permite que una identidad siga siendo ella misma.
Más Preguntas sobre la Parashá
Pronto habrá más preguntas sobre esta parashá. Mientras tanto, explora nuestro estudio diario de Torá.