La aliá continúa con las leyes de la ofrenda por el pecado, pasando de los casos del sacerdote ungido, la congregación y el líder al caso más frecuente: una persona particular del pueblo que pecó involuntariamente. En ese caso trae una ofrenda por el pecado, una hembra sin defecto: ya sea una cabra o una cordera. Apoya su mano sobre la cabeza de la ofrenda, la sacrifica en el lugar del holocausto, y el sacerdote pone de la sangre sobre los cuernos del altar del holocausto y vierte el resto de la sangre en la base del altar. La grasa se retira como en las ofrendas de paz y se quema sobre el altar. Al final se declara: “Y el sacerdote expiará por él, y será perdonado.”
Después, la aliá pasa a otro tipo de culpa, situaciones en las que una persona se vuelve culpable por su conducta o por una condición que requiere reparación:
Quien escuchó una voz de juramento (una maldición o juramento vinculante) y es testigo y puede declarar, pero calla.
Quien tocó algo impuro (cadáver de animal, insecto, impureza humana) y el hecho se le ocultó, y luego se enteró.
Quien juró con sus labios hacer bien o hacer mal, y solo después comprendió la gravedad del juramento o de su violación.
En estos casos la Torá destaca una etapa clara: “Y confesará aquello en que pecó.” Luego trae una ofrenda del rebaño, hembra (cordera o cabra). Y si no tiene recursos suficientes, la ofrenda desciende a dos tórtolas o dos pichones de paloma: uno como ofrenda por el pecado y otro como holocausto. La ofrenda por el pecado se realiza mediante meliká (pellizco del cuello), su sangre se rocía sobre la pared del altar y el resto se exprime en la base. El holocausto se realiza conforme a la ley.
Reflexiones de la Aliá
Pecado individual, reparación individual.
Después de hablar sobre errores de líderes y del público, la Torá desciende a la persona común. El mensaje es claro: no existe eso de “es algo menor, yo no importo.” También un error personal requiere reparación, y también la persona común tiene un camino para alcanzar el perdón.
La sangre sobre el altar del holocausto: reparación con acción, no solo con sentimiento.
Aquí el servicio de la sangre se realiza afuera, sobre el altar donde se ofrecen los sacrificios en la práctica. Esto enseña que el arrepentimiento no es solo una emoción interna. Necesita expresarse también en un paso concreto y definido: confesión, reparación, acción.
Confesión antes de la ofrenda: sin verdad no hay sanación.
En el capítulo 5 la Torá establece una condición clara: primero la confesión. No se puede comprar tranquilidad con una ofrenda sin mirar al pecado a los ojos y decir en voz alta: esto es mío. Es un modelo de responsabilidad madura, no de evasión.
Descenso según la capacidad: una puerta abierta para todos.
Quien no tiene dinero para un cordero trae aves. Es decir, el camino a la expiación no está reservado para los ricos. La reparación se adapta al bolsillo, pero el principio no cambia: responsabilidad, confesión, acción.
La culpa puede venir también del silencio o de la falta de atención.
No se trata solo de una transgresión activa. También el silencio de un testigo, también el contacto con impureza que pasó desapercibido, también un juramento lanzado de la boca que luego estalló. Son situaciones que enseñan cuánto la Torá educa hacia la conciencia: el habla, la responsabilidad y la limpieza interior no son cosas automáticas, hay que cuidarlas.
Más Preguntas sobre la Parashá
Pronto habrá más preguntas sobre esta parashá. Mientras tanto, explora nuestro estudio diario de Torá.