38Yehoshúa bin Nun ha'oméd lefanéja hu yavó shámá otó jazék ki hu yanjilená et Yisra'él
La tensión está en el aire. Justo antes de entrar a la tierra, Moisés vuelve al capítulo difícil del pecado de los espías. El comienzo fue, en apariencia, una iniciativa táctica, “nishlejá anashím lefanéinu” (Enviemos hombres delante de nosotros, Deuteronomio 1:22), pero lo que siguió se convirtió en una caída espiritual profunda. El informe del terreno fue positivo, “tová ha’árets” (La tierra es buena, Deuteronomio 1:25), pero el miedo y el discurso negativo se filtraron en los corazones, y el pueblo se negó a entrar.
Moisés no suaviza sus palabras: “veló avitém la’alót” (Pero no quisieron subir, Deuteronomio 1:26), “vateragnú” (murmuraron, Deuteronomio 1:27), “einjém ma’aminím” (no creen, Deuteronomio 1:32). No solo describe hechos, sostiene un espejo de responsabilidad, de elección, de una oportunidad histórica perdida. El miedo se transformó en una fe invertida, y en lugar de ver el acompañamiento divino, el pueblo vio enemigos y fortificaciones.
Y frente a todo esto, es precisamente la figura de Caleb hijo de Yefuné la que recuerda la posibilidad opuesta: lealtad, coraje y entrega. Él merece ver la tierra, porque “milé ajaréi Adonai” (siguió plenamente a Adonai, Deuteronomio 1:36).
Una idea para la vida: a veces, la diferencia entre la fe y el miedo no está en los hechos, sino en la manera en que nos contamos la historia. ¿Escuchamos “tová ha’árets” (la tierra es buena), o cedemos ante la voz interior de los espías? La capacidad de sostener la confianza, aun cuando es difícil y aun cuando parece amenazante, es la que abre las puertas del futuro. No temas al miedo. Confía en el bien que ya te fue prometido. Tienes un papel, tienes un camino, y no lo recorres solo.
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